Por Natalia Sandoval Quezada.
De vez en cuando, surgen nuevos modelos de desarrollo urbano que ofrecen un abanico de iniciativas para ayudar a mejorar la forma en que vivimos en la ciudad, tratando de responder a los intereses que puedan tener los asentamientos. Algunos de ellos fracasan en su búsqueda para obtener la aprobación tanto en el ámbito académico como en el político, y otros se vuelven relevantes, precisos e incluso buscados a través de diversos niveles de políticas. Por supuesto, los escenarios y las necesidades cambian con el paso de los años, mutan en función de varios factores y junto a ellos, las utopías urbanas se vuelven obsoletas mientras otras surgen para intentar dar respuesta a los nuevos dilemas. Es dentro de esa dinámica que ha surgido el concepto de ciudad inteligente (smart city en inglés) ofreciendo un modelo de crecimiento y renovación urbana que hace uso de la tecnología como herramienta de automatización, eficiencia y digitalización de los procesos cotidianos, entre otras cosas. Este modelo ha combinado tanto la promesa de mejorar nuestra ciudades y la visión de alcanzar una etapa tecnológica que los seres humanos siempre hemos buscado y soñado como, por ejemplo, en libros, películas y otras manifestaciones culturales.
¿Qué más podríamos querer tener? Un lugar para vivir donde la mayoría de nuestras interacciones diarias con la ciudad y nuestros vecinos se controlan y se llevan a cabo a través de aplicaciones, cables, señales, lo que hace que todo sea más fluido, ágil y más fácil. La tecnología (en sus diversas expresiones) siempre se ha entendido como progreso, como desarrollo, y con eso en mente, la ciudad inteligente se vuelve no solo deseable sino posible, alcanzable y atractiva. La ciudad inteligente ofrece una visión utópica que seduce a masas y políticos, una mezcla de lo que ya amamos del mundo digital con lo que queremos para nuestros espacios físicos. Y es en esa imagen inmaterial donde la producción de la ciudad inteligente gana apoyo y adeptos, donde se convierte en un dispositivo de propaganda a través del cual se hacen promesas para el desarrollo del mañana y se crean políticas hacia el modelo en el que queremos vivir. Sin embargo, puede que el por qué queremos vivir de esa manera queda escondido en la promesa de los deslumbrantes bits que pueden conquistar nuestras áreas habitadas. En ese sentido, es sumamente necesario detener la carrera por convertir nuestras ciudades en espacios más inteligentes y comenzar a cuestionar los objetivos que planeamos alcanzar a través de ese o cualquier otro modelo. Dicho de otra manera, necesitamos enfocarnos en los ideales con los que pretendemos comprometernos más que los medios, en el “qué” queremos implementar; y más importante, en los sujetos que permanecerán y habitarán dentro de todas las placas base y baterías. Al final de cuentas, es la gente la que vive y seguirá viviendo en las aglomeraciones urbanas y es por ellos, por nosotros, que tenemos que formular el futuro.
De hecho, es en esta última idea en la que me gustaría detenerme y señalar que el “nosotros”, la humanidad como abstracto, lamentablemente no es tan simple como uno podría y quisiera pensar, sino que es variado y heterogéneo. El “nosotros” proviene de culturas y contextos específicos. Con eso en mente, queda claro que cualquier implementación de ciudad inteligente puede no ser la misma en todos los lugares del mundo y puede que no responda a las mismas necesidades u objetivos. Habiendo reflexionado sobre estos temas, tanto los motivos e interpretaciones dentro de la producción de las ciudades inteligentes como los diversos usuarios que puede tener en función de los diversos contextos, es importante remarcar que se necesiten investigaciones que profundicen en el conocimiento y entendimiento de las ciudades inteligentes. Cuantas más exploraciones y perspectivas puedan examinar y desafiar el modelo, habrá más aportaciones que contribuyan a mejorar la implementación de la ciudad inteligente o contribuyan en la búsqueda de alternativas que puedan materializar y orientar el crecimiento urbano actual y futuro. Sin embargo, poder llegar a esos diversos puntos de vista sólo será posible poniendo el foco en casos que se puedan contrastar con lo ya existente, que una vez más se ha construido dentro del mundo desarrollado y exportado a los países en desarrollo. Es obligatorio indagar en las experiencias que esas nuevas fuentes, como las abordadas en este estudio, pueden aportar a la discusión.
Natalia Sandoval Quezada es arquitecta de profesión, experta en Sistemas de Información Geográfica (GIS por sus siglas en inglés) y Modelado de Información de Construcción (Building Information Modeling, BIM). Natalia colaboró en el proyecto Ciudades Inteligentes en el Sur Global como becaria en el 2020. Actualmente, Natalia trabaja como Information Manager en Region Skåne, Suecia.